Los trapitos del Bicentenario

Escrito por saleconfritas 06-04-2010 en General. Comentarios (1)

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“Hoy, acá, todos tendríamos que tener un trapito en la mano para ser los trapitos que quiere combatir Macri, ese hombre tan siniestro que quiere condenar a los piqueteros porque se tapan la cara”. Hebe de Bonafini, la Madre de todos los argentinos.

 

 

Los trapitos: Una industria sin chimeneas

 

 Observamos con cierto estupor a una ciudad pujante que quiere ser detenida con leyes impracticables.

 

Una ciudad con desarrolladores inmobiliarios como los que florecen en la Villa 31, en la 1.11.14 o en Pompeya, no puede ser encorsetada por una legislación absurda.

 

¿Qué sería de Buenos Aires y de cualquier ciudad cosmopolita de la Argentina sin un vecino que amablemente se te acercara para manguearte una moneda, un cigarrillo, la bolsa del pan, la billetera u ofrecerte a la nena? ¿En qué quieren convertirnos, en Boston, en Winnipeg?

 

Acá están en juego los puestos de trabajo de los compañeros trapitos y los ingresos de los jefes de calle de las comisarías de la Federal.

 

Hay muchas familias apenadas por esta brutalidad legal.

 

Dicen que en la Capital Federal, los cuidacoches pueden recaudar hasta $ 1.200 en un día.


Pueden cobrar hasta $ 60 por auto durante un recital o en un Boca-River. El resto de los días se apostan en barrios top como Palermo, Caballito, Recoleta o Belgrano.

 

En el caso de los trapitos, la percepción mayoritaria entre los porteños es que hace tiempo que dejó de ser un rebusque para funcionar como una verdadera maquinaria capaz de dejar más de $ 1.000 diarios en manos de cada cuidacoches durante los días más fructíferos.

 

Ya casi no hay barrio que no tenga cuidacoches, aunque tienen mayor presencia en zonas de mayor movimiento como Palermo, Las Cañitas, Belgrano, Caballito, Flores y Recoleta.

 

En la gran mayoría de los casos, no hay una tarifa fija establecida para este “servicio”, sino que queda a consideración de los automovilistas. En días normales, oscila entre $2 y $ 10.

Pero el gran foco está puesto en los días de eventos como recitales, partidos de fútbol, rugby o polo, y hasta boliches.

 

Por ejemplo, quienes quisieron dejar el auto lo más cerca posible de La Bombonera durante el último clásico entre Boca y River, debieron pagar $ 60 por un lugar en la calle, supuestamente “cuidado”. Si el partido es de menor trascendencia, la tarifa cae a 20 pesos.

 

Con los recitales, la ecuación es la misma. Si el artista que sube al escenario está más ligado a un público de buen poder adquisitivo (Madonna, U2, Arjona, Coldplay), el costo del estacionamiento callejero también trepa, muy posiblemente hasta los 60 pesos.

 

En shows que convocan a fanáticos de menor poder adquisitivo, el desembolso de desinfla hasta la mitad.


Tomando la tarifa del primer caso, y con una hipótesis de mínima que cada trapito trabaja con 20 autos, el ingreso por unas horas sería de 1200 pesos.

 

Estas variantes están ligadas exclusivamente a la capacidad de pago de la gente, y no a la zona donde se realiza el evento.

 

Un claro ejemplo de esto es lo que ocurre cada vez que juega el seleccionado de Rugby, Los Pumas, en el país.

 

Por lo general lo hacen en la cancha de Velez, en Liniers, una zona que no es precisamente de las más top, aunque en su última presentación local, a mediados de 2009, el estacionamiento callejero cotizaba en torno de los $ 35, apenas por debajo de los $ 40 que los “cuidacoches” pedían en las cercanías del Campo de Polo, en pleno Palermo, en diciembre pasado, cuando se disputaron las finales del Abierto Argentino.


De más está decirlo, el pago por el supuesto cuidado no es suficiente para dejar el auto con tranquilidad. Sobran los casos en los que los vehículos “aparecen” rotos pese al trabajo abnegado de los trapitos.

 

Pero hay que reconocer que cuidacoches hay en todos lados. Si acá te asusta un morocho en Barrio Núñez, imaginate a un rumano en la Haas-Haus de Viena.

 

Por ejemplo en España, les llaman “gorrillas”, quienes generalmente son hombres jóvenes, provenientes del África subsahariana, que piden dos euros y si los agarran se comen 30 días en cana, después lo suben a un gomón y cuando la corriente es favorable los largan al Mediterráneo.

 

En Italia, se llaman los “lavavetri” y son del sur, napolitanos, casi argentinos. La policía los muele a palos cada vez que los encuentran infraganti. Los tanos, que son de sangre caliente, ahora se dedican a prenderles fuego, les arrojan bolsas de nylon con nafta, pero al precio de lo que está el litro de Super acá, no creo que vaya a andar.

 

Convengamos que el planeta es demasiado grande como para circunscribirlo a Europa. Así que lo mejor es tomar los mejores ejemplos de las economías emergentes como la India.

 

No se puede negar que ha habido movilidad social en la Capital Federal, Los cirujas que se hicieron cartoneros, ahora son trabajadores del Plan Cooperativas o de fábricas recuperadas que lamentablemente todavía no producen nada vendible. Otros se hicieron limpiavidrios.

 

Pero no puede pretenderse cambiar la idiosincracia de un pueblo que de a poquito se fue acostumbrando a que un morocho con un diario enrollado o un trapito en la mano, le cobrara por cuidarle el coche. De la misma manera que nos vamos acostumbrando a que un tipo se baje de la bici y se ponga a mear contra una pared.

 

La mejor opción es legalizarlos y darles créditos para los elementos de trabajo. No puede ser que una franela ande ya por los $5 y un detergente de morondanga no baje de los nueve mangos, mientras que un balde profesional está en $12. Ya la escobilla es un lujo que no se pueden dar muchos trabajadores del Parabrisas. Y ni hablar del Paco que se fue por las nubes.

 

Para ello, desde el Gobierno nacional presentaron las herramientas de trabajo que les serán entregadas en el Plan de Trabajo "Un auto, un trapito" con la bendición de Hebe de Bonafini.

 

Cada kit para un trapito sale facturado a $2.200 por cabeza. Tomá Macri, Argentina avanza.

 

Pero no hay que dejarse engañar con el Plan Canje de Franelas. Es otro verso de Mauricio. Lo serio y sustentable sería incorporarlos a la planta de la Policía Metropolitana y que se paguen el sueldo mientras cuidan. O mandarlos a cobrar el ABL.

 

Aunque si piensa erradicarlos como erradicó la Villa de Retiro, lo más seguro es que el oficio de cuidacoches se convierta en una carrera universitaria dirigida por Schoklender.

 

Pero es cierto que la cosa ya estaba un poco descontrolada. Ya había cuidacoches que eran cuidados por cuida-cuidacoches, a los que les deben tributar.

 

Pero hay que diferenciar. Existe el Trapito Pasivo.

 

Es el que está parado en el medio de la calle o recostado contra uno de sus autos protegidos y te mira a los ojos y te hace un gesto con la cabeza, de lejos. Cuando volvés, lo tenés al lado de puerta con cara de haberse peleado con 200 negros para que no te rayaran el auto.

 

Como es un pobre tipo, arruinado y encima sin gran iniciativa, como todos nosotros, te cae bien y le dejás unas monedas solidarias.

 

Un poco por lástima y un poco por proyección. Acá nunca se sabe lo que te depara el destino.

 

Por una mala decisión personal o del ministro de Economía, en cualquier momento podemos terminar peleándonos por el control de una calle con dos restobares.

 

Lo que tenemos a favor es que como hemos comido medianamente bien los últimos años y podemos disputarle el territorio con serias posibilidades de ganárselo al anterior trabajador de la franela.

 

Esta versión de trapero generalmente está integrada por gente grande que no podría ahuyentar ni a un bebé con ganas de mearte una rueda. Pero no joden. Son gente simpática. Básicamente son sobrevivientes de cuatro o cinco crisis económicas y por lo tanto uno debe brindarle respeto de veteranos de guerra.

 

Está también el Trapito Vial.

 

Este es el que más convencido está de la utilidad de su servicio. Te indica desde 20 metros que hay lugar, justo donde lo ibas a estacionar. Te ayuda con indicaciones que sólo las entiende él.

 

En plena marcha atrás se pone a la altura del baúl, para cuidarte el paragolpes, como si fueras tan boludo de no poder estacionar sin su loable servicio. A veces pienso que están tan desesperados que su única salida es que te los lleves puestos así pueden usar el seguro de mierda que tenés en el coche.

 

Viene con opciones: La variante de Trapito Administrativo es el que te deja un papelito en el limpia parabrisas que dice "Gustavo cuida tu coche". O te deja un número de un taloncito. ¿Será para reclamos?

 

También existe la variante del Trapito Ecológico, que es más económica y te ofrece lavarte el auto por solo $9. Lo hace casi sin agua, con una botella de gaseosa por la mitad y un pedazo de almohada vieja. Pero al menos tiene iniciativa y le da valor agregado a su tarea principal.

 

Pero el Trapito Recitalero es casi un servidor público.

 

Como trabaja para la Policía Federal, debe ser considerado como alguien que está prestando funciones. Y como todo lo oficial es en blanco, no se arregla con un par de monedas.

 

Este arranca en los 10 Dólares y según quién te toque esa noche se extiende a los 10 Euros.

 

Tienen tanto trabajo que no pueden perder tiempo en decirte “buenas noches o por favor”. Directamente te indican que se trata de un 40 pero como no tienen cambio (¡Quién tiene cambio, por favor!) se llevan un 50. Son pobres excluidos sociales que ganan muy poquito y encima ayudan al Comisario.

 

También hay que negarse ya que estamos, como lo hace la progresía bienpensante, que pase la ley que autorice el uso de armas eléctricas.

Macri te decimos NO a las Taiser, queremos que usen armas de verdad.

 

No sea cosa que lesionen a alguien con una sobrecarga de voltios. Y ni pensar lo que podría ocurrir con policías federales electrocutados si los agarra una inundación.

 

Pero es cierto es, que se nos está llenado de fachos América Latina, ahora se suma a ellos el presidente uruguayo, Pepe Mujica, queriendo que los drogadictos, marginales y pobrecitos, hagan el Servicio Militar.

 

Un esfuercito charrúa para buscar frenar la decisión kirchnerista de eliminar definitivamente a las FFAA como aconseja Oscar Rafael de Jesús Arias Sánchez, el actual presidente de Costa Rica y masón, que lucha muy duro por obtener trofeos internacionales y por parecer una buena persona ante los ojos de los pueblos (una actitud muy masónica), pero no tiene respeto por la voluntad de los ticos y es un parásito dictador al decir de los costarricenses, además de esconder sus grandes negocios como son concesiones y privatizaciones.