La santificación de Alfonsín

Escrito por saleconfritas 01-04-2010 en General. Comentarios (1)

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"La casa está en orden"

 

La santificación de Alfonsín


Por Gonzalo Neidal


Un año después de su muerte, la figura de Raúl Alfonsín se va agrandando con cada discurso en su homenaje.

 

Es que los hechos del pasado, aún del pasado reciente, son materia dócil, maleable.

 

La interpretación de la historia, el significado de los hombres y acontecimientos siempre son esclavos de las demandas y necesidades del momento en que la historia se escribe y se reescribe.

 

Es con la luz del presente que se alumbra el pasado. Es en tal sentido que Alfonsín, hoy es glorificado incluso por muchos de sus oponentes: se busca oponer su figura, a la que se dota de robustos atributos, a la imagen del actual matrimonio presidencial, a la que se le asigna incapacidad para el diálogo, modos autoritarios y falta de vocación para el consenso que la política reclama.


Se lo exalta a Alfonsín como una crítica al gobierno nacional.


En cierto modo, se nos está diciendo: “aquello sí que era bueno, no esto”, “aquél sí que era un político que la Argentina merece, no éstos que tenemos ahora”.

 

Algún diario, incluso, se anima a calificarlo como “el padre de la democracia” (?) y así, Raúl Alfonsín, cuyo predicamento político en los últimos años de su vida era casi nulo, un año después de su muerte se transforma en un santón de la democracia argentina. Casi un prócer.


Y esto no es justo. No es justo, en primer lugar, para el propio Alfonsín.


Nos da la impresión que Alfonsín sentiría pudor ante la desmesura de quienes procuran beatificarlo y colocarlo en el Olimpo de la política nacional.


Ante tanta alabanza desmedida, ante tanto elogio exagerado, cualquier distraído podría pensar que cuando se alude a Alfonsín, se habla de un político que no sólo llevó al país por una senda de éxitos rutilantes sino de alguien al que ninguna crítica podría caberle.

 

En tal sentido, la santificación de Alfonsín lo priva de humanidad y lo transforma en un héroe de cartón para consumo de manuales escolares.


Ningún favor se le hace a su memoria con esta visión complaciente de su gobierno porque a la vez que se lo amerita se lo desdibuja y despoja del carácter fragoroso y falible que tiene todo protagonista que habita las cumbres de la vida política nacional.


Se pretende presentarlo hoy como un hombre “indiscutible” para lo cual resulta imprescindible asignarle atributos que, tras su paso por el gobierno no fueron percibidos por amplias franjas de la ciudadanía.


Por ejemplo, recordar hoy que Alfonsín, como parte de una campaña electoral, declaró el estado de sitio y mandó detener a una docena de periodistas acusándolos de conspirar contra su gobierno o bien que no dejó actuar a Tato Bores en la TV (entonces estatal en su totalidad, en la Capital Federal), desmiente obviamente la imagen que se pretende instalar pero le otorga al político radical una dimensión política real que no debería ser desvalorada, pues a la política nacional no la hacen hombres castos y puros sino gente corriente, con sus ambiciones, agachadas, grandezas e irrelevancias.


Y así: el caso Konner-Salgado demostró que su gobierno no fue inmune a la corrupción en el más alto nivel, lo cual queda ratificado si recordamos también algunas andanzas del grupo político entonces juvenil que lo rodeaba: “la Coordinadora”.

 

No habremos de condenarlo tampoco por su pretensión hegemónica en los tiempos iniciales en que, con el Plan Austral, parecía que había logrado domesticar la inflación y recibió el apoyo popular en las elecciones legislativas de 1985.

 

Poco después, desde Parque Norte y bajo el auspicio de un grupo de intelectuales de similar filiación a la que ahora rodea a los Kirchner, trató de lanzar el “tercer movimiento histórico y, obviamente, una modificación constitucional que permitiera su reelección.


Y así con muchos aspectos de su gobierno: la política de derechos humanos, su relación con las Fuerzas Armadas, el manejo de la economía nacional, que terminó en un descalabro fenomenal, etcétera.


En definitiva, el Alfonsín impoluto que se pretende instalar a fuerza de homenaje, más allá de su obvia intención política, no le hace justicia a un hombre de la política real, con sus aciertos, errores, esperanzas y fracasos.