Kirchnerismo kelper

Escrito por saleconfritas 11-05-2010 en General. Comentarios (4)
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Kirchnerismo kelper

 

Por Mauricio Bossa

 

La semana pasada, el hallazgo de “petróleo de alta calidad” por parte de la empresa británica Rockhopper Exploration en las aguas malvinenses actualizó un tema que, desde el inicio de 2010, mantiene en vilo a la Argentina.

 

El tema no es en absoluto menor pues, si el yacimiento encontrado demuestra ser económicamente rentable, la economía de las Islas Malvinas puede transformarse en una especie de sultanato petrolero bajo cero.


Los Kelpers están profundamente agradecidos con la impericia del gobierno argentino para manejar la cuestión Malvinas. Los errores de Buenos Aires en los últimos 5 años ha fortalecido el Concejo Isleño y a sus integrantes más duros, promotores de las licencias de exploración offshore.

 

El ex vicecanciller Andrés Cisneros comprende cabalmente este punto cuando sostiene que la Argentina no tiene “ninguna herramienta para impedir” la explotación de petróleo en las aguas del Atlántico Sur. Lo grave es que tiene razón.

 

Sólo los incautos pueden suponer que las protestas argentinas (o las declaraciones del Grupo Río) tienen algún poder disuasorio de las decisiones británicas.

 

En el futuro, si no se actúa con mayor inteligencia en las negociaciones con el Reino Unido, el reclamo argentino puede transformarse en una verdadera reliquia dentro de la política internacional.

 

 

• Política de Estado

 

El reclamo por la soberanía de Malvinas es una de las pocas políticas de Estado que la Argentina mantuvo durante su historia, independientemente de gobiernos civiles o militares.

 

Desde el retorno de la democracia en 1983, el tema también estuvo al tope de las prioridades del Palacio San Martín, aunque con enfoques diversos.

 

Raúl Alfonsín prefirió canalizar los reclamos nuevamente a través de Naciones Unidas, pero nada obtuvo de aquella estrategia.

 

Carlos Menem optó por una aproximación diferente. Logró normalizar las relaciones con Gran Bretaña en base a la recordada fórmula del “paraguas de soberanía”, un salvoconducto que permitía resguardar las pretensiones argentinas y avanzar en un esquema de cooperación en temas comunes, incluido el petróleo.

 

Diez años después de la guerra, Mario Cámpora y Humphrey Maud fueron designados embajadores en Londres y Buenos Aires, respectivamente.

 

En 1995 fue un acuerdo conjunto sobre petróleo y pesca en las aguas de las Malvinas que, aunque interpretado en forma diferente por las partes, aseguraba un mínimo vaso comunicante en relación a los principales recursos económicos del Atlántico Sur.

 

También se estableció una política de “seducción” a los isleños para que, en la medida de lo posible, no fueran ellos quienes dinamitaran cualquier entendimiento futuro con el gobierno británico.

 

Guido Di Tella fue particularmente activo en este sentido, quizá evocando la necesidad de “crear un clima para que alguna vez se pudiera discutir la soberanía” planteada por Lord Chalfont ante los negociadores argentinos en 1968.

 

Aunque muchos menospreciaron estos esfuerzos (por ejemplo, el envío de ositos Winnie Pooh a los kelpers la navidad del ’98), lo cierto es que, a finales de los ’90, los argentinos pudieron volver a visitar las islas mediante la reanudación de los vuelos desde Río Gallegos a través de la empresa LAN.

 

• Sin rumbo internacional

 

La asunción de Néstor Kirchner marcó un punto de inflexión en la agenda internacional de la Argentina. Básicamente, su estrategia fue no tener ninguna.

 

Sistemáticamente, desde 2003 el país desairó a sus aliados e ignoró el mundo sin que, posteriormente, presidente Cristina Kirchner hiciera algo diferente por cambiar semejante estado de anomia.

 

Recuérdese, a modo de ejemplo, la hostil renegociación de la deuda externa, el papelón de la contracumbre contra George W. Bush en Mar del Plata en 2005, la crónica alianza con Chávez, el irresuelto conflicto con Uruguay, las relaciones bipolares con Brasil y la cancelación de la visita presidencial a China en enero pasado, por citar sólo algunos.

 

El precio de tal errática conducta ha sido la irrelevancia internacional.

Con Malvinas, la política de la Cancillería en los últimos 8 años ha sido por igual deslucida.

 

Se abandonaron los intentos de acercamiento con los kelpers y las relaciones con Gran Bretaña entraron en un período de enfriamiento.

 

Todo volvió a circunscribirse en torno a las anuales -e inútiles- declaraciones de la ONU para que retornase el diálogo. Para peor en 2007, el gobierno argentino denunció unilateralmente el acuerdo firmado en 1995 sin que, al menos, intentara renegociarlo.

 

Con aquella decisión tan estéril como demagógica, Néstor Kirchner privó al país de la única herramienta de derecho internacional que le hubiera permitido esgrimir argumentos prácticos ante la decisión del gobierno isleño de conceder licencias de exploración de petróleo.

 

Sin aquel acuerdo, a la Argentina sólo le quedó reclamar en base a los derechos de soberanía, es decir, insistir en base al esquema conceptual de la Resolución 2065 de 1966, hoy transformada en una auténtica vía muerta. Gracias a ellos y desde hace tres años, los Kelpers son los más fervientes kirchneristas en esta parte de América del Sur.


Lo más inquietante es que la actual crisis pone de manifiesto la falta de puntos de apoyo del país fuera de Latinoamérica.

 

Tal es el grado de aislamiento que, cuando Europa sancionó su Constitución en 2005, las Malvinas fueron incluidas como territorios de la Unión sin que España o Italia (nuestros europeos “más cercanos”) pusieran reparo alguno.

 

Pero la culpa no es del chancho: mientras se negociaba el Tratado de Lisboa, la Cancillería argentina dormía la siesta sin enterarse de las consecuencias de semejante asunto.

 

Algo parecido sucedió con la administración de Barack Obama, con la que se comenzó con el pie izquierdo.

 

Se recordará que Arturo Valenzuela, al momento de visitar al país como enviado del gobierno estadounidense, fue criticado muy poco diplomáticamente por el hoy secretario general de la Unasur, a raíz de unas olvidables declaraciones públicas.

 

Como resultado, la Casa Blanca se apresuró a declararse prematuramente neutral en esta escalada del conflicto anglo-argentino, una forma elegante de mantenerse al lado de su aliado histórico y de alejarse de nuestra torpeza institucional.

 

Nadie puede sorprenderse, por lo tanto, que la posición Argentina no obtenga ningún tipo de respaldo práctico, más allá del simbolismo del Grupo Río o de las Naciones Unidas, menos efectivos que los mismísimos ositos Winnie Pooh de Di Tella.


Lamentablemente, la Argentina hoy no tiene nada para obligar al Reino Unido a negociar. Esta es la verdad.

 

Si algún gobierno quiere recuperar las islas en serio (como lo deseamos todos los argentinos), deberá entender que no alcanza con las Resoluciones de la ONU o las protestas del intrascendente canciller Taiana.

 

Más que nunca, se requiere inteligencia y pragmatismo para satisfacer el interés nacional. Y también prestigio internacional, algo que la Argentina se ha empeñado en perder en la última década.

 

Desde hace tres años, los kelpers son los más fervientes kirchneristas

en esta parte de América del Sur.

 

Lamentablemente, la Argentina hoy no tiene nada para obligar al Reino Unido a negociar. Esta es la verdad.