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Esperando a Godot

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ESPERANDO A GODOT

 

Por Ricardo Saldaña

 

 “Cuando la política se transforma en una profesión,  la patria se transforma en un negocio”. José Ingenieros. El hombre mediocre

 

 

 EL HUEVO DE LA SERPIENTE

 

 En la yerma geografía de nuestra realidad política, Néstor Kirchner asomó como el fenómeno de la década.

 

En tal virtud, su nombre se ha transformado en una suerte de genérico en la política argentina, al extremo que, como acertadamente sostiene Jorge Asís, su referencia en ese campo resulta inevitable, con independencia de la naturaleza del abordaje que del tema se intente.

 

Esta verificación, por sí sola, alcanza para documentar la anemia conceptual que padece nuestro sistema político, pero a su vez puede resultar operativa, como ayuda para iluminar la génesis de su patología, y delinear alguna perspectiva de su eventual curso futuro.

 

Comprender la emergencia del fenómeno NK, impone remitirse a la profunda crisis que sobrevino, como corolario del fracaso del gobierno de la Alianza.

 

La conocida militante antiglobalización canadiense, Naomí Klein (nótese la curiosa coincidencia de  iniciales), describe en su obra “Doctrina del shock”, un proceso que podríamos situar a medio camino entre el mecanismo psicológico y la estrategia política, mediante el cual, los fuertes impactos que producen las crisis en la psicología social, explican la aceptación popular de condiciones que no serían tolerables en el marco de una situación de normalidad.

 

Más allá de que la autora se apoye en esa verificación para postular una delirante teoría sobre la perversa expansión del capitalismo, lo irrefutable es que la desorientación, la vacilación, y el vacío interior sobrevinientes a una crisis, potencian la vulnerabilidad y facilitan la dislocación del tejido social.

 

En nuestro caso, ese modelo de análisis puede ayudarnos a entender cómo, sobre el reflejo de una sociedad que conoció el vértigo del abismo en el verano de 2002, por aferrarse a una última esperanza, se pudo montar exitosamente la estrategia de poder que hoy padecemos.

 

En el nivel representacional, esa estrategia toma forma en imágenes tan vívidas como la de “la salida del infierno”, utilizada hasta el hartazgo en el discurso oficial.

 

 Vincular la notoria disfuncionalidad de nuestro presente político a hechos ocurridos casi una década atrás, tal vez suene como un exceso para algunos.

 

Quizás, porque hayan subestimado un episodio que, al decir de Vicente Palermo y Marcos Novaro, constituyó un quiebre tan profundo como para inspirar una sensación de fin de época.

 

 Las evidencias indican, sin embargo, que no sólo pueden rastrearse en ese pasado las razones de la emergencia del pingüinato.

 

Tal vez resulte mucho más relevante, comprobar que ellas revelan que la enorme grieta abierta entonces entre la sociedad y la política, permanece cristalizada. No es para sorprenderse. No podría despertar sino desencanto, una política que ha renunciado a ser un instrumento de articulación social y de construcción de un modelo de país, para transformarse en un mero juego electoral.

 

 

 DE LAS JERARQUIAS A LAS REDES

 

 La aparente paradoja de una economía no contaminada por tan grave patología, constituye una novedad de peso respecto de nuestro pasado reciente, que introduce opacidad en el análisis.

 

En efecto, parece haberse atenuado el secular maridaje entre crisis económicas y crisis políticas, lo que invita a renovar los abordajes prevalecientes.

 

Así, el colchón de la megadevaluación y el default, pero fundamentalmente, el cambio copernicano operado en las condiciones de la economía internacional, alumbraron una recuperación económica que enmascaró la crisis política, desplazándola a un estado de latencia, por cierto entusiastamente digerido, por una sociedad reconocidamente sensible a la autoafirmación económica.

 

 No resulta para nada casual, que desaprovechada la ventana de oportunidad, resurjan las viejas tensiones de una matriz productiva y otra de distribución de ingresos, ambas cristalizadas en las inconsistencias del pasado, y con ellas, una repotenciada entidad de la crisis política.

 

Una de las marcas indelebles de la posmodernidad ha sido, sin dudas, el proceso de horizontalización de los vínculos y las comunicaciones.

 

A partir de la conceptualización de las personas como “sistemas de construcción de significados”, ganan espacio las prácticas de naturaleza colaborativa por sobre las relaciones jerárquicas, y se altera el esquema de poder prevaleciente en las organizaciones.

 

En estos términos, bien puede decirse que nuestro sistema político habita en el pasado. 

 

Nos enfrentamos a una crisis de percepciones. Las fuerzas políticas tradicionales permanecen confinadas por la estrecha estructura de pensamiento de antiguos paradigmas.

 

Paralizadas frente a un inmutable inventario de demandas insatisfechas que las interpelan, las estructuras tradicionales de organización y construcción política se han tornado incapaces de interpretar la riqueza de matices y la complejidad de una sociedad que, en su búsqueda de horizontes y de infinitos, las ha reducido a meras plataformas retóricas.

 

Esta ceguera conceptual ha ido reduciendo el universo de sus representados. El radar de la política se ha ido despoblando de señales.

 

Una mirada analítica nos entrega algunas referencias sumarias:

Es el caso de los jóvenes, por ejemplo.

 

Segmento particularmente atravesado por una red multidimensional, donde la identidad, el lenguaje, el concepto del tiempo y del espacio, cambian segundo a segundo, la política no sabe como entrarle a una juventud ganada por la cultura de lo efímero, que no reconoce compromisos eternos, ni colores políticos fijos.

 

Tampoco ha internalizado su opción por el ciberactivismo sobre la militancia clásica, su tendencia a no organizarse en torno a objetivos políticos, ni ha reparado que su apatía es hija de la devaluación de las credenciales educativas que le hemos provisto. Las próximas, deberían convertirse en las primeras elecciones 2.0 de nuestra historia. Sin embrago, no se advierte que desde la política se haya tomado registro.

 

En el mismo sentido, se puede observar que el sistema político no parece haber asimilado la pérdida de centralidad que ha sufrido el trabajo, en su condición de lazo político.

 

El obrero industrial urbano, como sujeto de la acción política, ha ido perdiendo densidad, de la mano de la profunda transformación operada en el mercado de trabajo.

 

Sin embargo, en muchos sentidos, el abordaje de la realidad que hace la política, sigue operando en los términos de aquella singularidad social de un “60 % de población obrera”, que citaba Rodolfo Walsh en su Documento a la conducción nacional de Montoneros, allá por los setenta.

 

Aquel mercado de trabajo formal, que como exclusivo distribuidor de derechos y garantías, permitía acceder a las instituciones del Estado de Bienestar, comprende hoy sólo a una porción del universo de los trabajadores, sin que se cuente con estructuras ni estrategias de reemplazo, que permitan contener políticamente a un significativo segmento de la fuerza laboral.

 

Tampoco las prácticas, el discurso, ni la metodología de la política tradicional, alcanzan a sintonizar la nueva politicidad que emerge de una estructura social profundamente fracturada, lacerada por la pobreza, donde las identidades partidarias ceden ante nuevos formatos de participación, con fuerte arraigo en la inscripción territorial. La mejor evidencia de este divorcio, es la ausencia de intermediación política en el conflicto social.

 

 

 VACUIDAD

 

La contratara de esta carencia de sensores del sistema político, se refleja en la apatía y el desencanto de la sociedad, que empieza a computar las falencias de su clase dirigente, como una de sus principales preocupaciones.

 

Las estructuras políticas tradicionales no se han recuperado de la demolición sufrida en 2002.

 

Un sobrevuelo de la realidad, expone la cruda vigencia de la crisis de las identidades políticas, apenas atenuada por un pretendido barniz de vitalidad, que a duras penas pretende maquillar la debacle. Un peronismo atomizado, disimula con esfuerzo sus fracturas, ocultas debajo del tejido conectivo que provee el ejercicio del poder comarcal.

 

Un radicalismo deshilachado, se autoengaña con la sobrevida que le aportaron dos hechos puramente fortuitos, como fueron el providencial empate de la 125, y la sentida desaparición de Raúl Alfonsin.

 

Frente a estas evidencias, no supone acaso un abuso de la ingeniería política, violentar la realidad, con la pretensión de embretar la compleja realidad social, en la dudosa representatividad de una gastada matriz bipartidista, que carga ya con las frustraciones de demasiadas promesas incumplidas ?

 

La respuesta de la sociedad parece despuntar en una búsqueda vacilante pero autónoma, ciertamente confusa y desordenada, de nuevas expresiones. Las últimas novedades que produjo la política, entregan alguna señal.

 

No hay duda que los éxitos electorales de Mauricio Macri y de Francisco De Narváez, revelan que algunos sectores sociales se empiezan a animar a explorar, desafiando los riesgos, en los arrabales de ese experimento de laboratorio.

 

El efímero y ya casi olvidado destello del fenómeno Blumberg, así como el contundente y espontáneo acompañamiento urbano que despertó la reivindicación sectorial del sector agropecuario, deben computarse, cada uno con sus incomparables particularidades, como protoexpresiones políticas en busca de un cauce, que no parecen encontrar en las estructuras y mecanismos institucionales disponibles.

 

El ocaso que experimentan las identidades políticas, también abreva en un discurso tan orientado por lo electoral, que vaciado de contenido conceptual, se ha reducido a una prosa insustancial.

 

Es ciertamente frustrante intentar identificar cosmovisiones diferenciadas, a partir de la retórica de las corrientes políticas que supuestamente expresan a las mayorías.

 

Un ejercicio de esa naturaleza, termina fatalmente enfrentado a un catálogo indiferenciado de lugares comunes, que orbitan en lo que nadie sabe quien, instaló como el pensamiento  correcto, vacío de definiciones concretas acerca de los temas de agenda que dividen aguas en materia de preferencias ciudadanas, en otras democracias.

 

No resulta fácil, por ejemplo, saber qué distingue al panperonismo del panradicalismo, en materia de intervención del estado en la economía.

 

La reciente polémica sobre el uso de las reservas del Banco Central mostró, finalmente, a todo el espectro político, más allá de formalismos, del mismo lado, lo que deja sin representatividad aparente a los ciudadanos que queremos limitar la discrecionalidad depredatoria del gobierno.

 

Tampoco aparece claro quienes están por la dádiva, y quienes por la promoción del trabajo y el esfuerzo individual, como estrategias para combatir la pobreza. Y así podríamos seguir…. En todo caso, esta sumarísima referencia alcanza para dar cuenta de cómo la encriptada comunicación política desnaturaliza la matriz de representatividad, cuyo caso más paradigmático resulta la apostasía de la derecha.

 

Considerando el comportamiento político que se observa en el vecindario, pareciera sensato intentar un ejercicio de “benchmarking”, para apuntalar la imprescindible mejora de las prácticas políticas, inspirada en el virtuoso ejercicio del realismo que muestran sus dirigencias, y la madura plasticidad de sus sociedades, que como revela el comportamiento electoral de nuestros vecinos trasandinos, han sabido dejar atrás maniqueas y estériles demonizaciones, tan lamentablemente vigentes entre nosotros. 

 

La sociedad, entretanto, como Vladimiro y Estragón, los personajes de Beckett, sigue expuesta a un constante ciclo de repeticiones y repeticiones, en las que la cotidianeidad de los personajes va revelando su sinsentido.

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