Sale con fritasss

De felpudo a retiario

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Un reciario (en latín, retiarius y en plural, retiarii, que puede traducirse literalmente como «hombre de la red» o «luchador de la red».

 

El duelo del día después 

  

  Por James Neilson (*)

 

  Es triste y cada vez más solitaria la vida de un político que sabe que el tiempo le está jugando en contra, que ya no se trata de acumular más poder, sino de intentar conservar el que todavía tiene, sobre todo si es cuestión de un personaje de naturaleza tan desconfiada como la de Néstor Kirchner que siempre ha preferido rodearse de mediocridades y adulones apenas presentables por entender que no le harán sombra.

 

Además de preocuparse por los desafíos planteados por adversarios declarados como Julio Cobos, Carlos Reutemann, Francisco de Narváez, Felipe Solá, Elisa Carrió, Margarita Stolbizer y compañía, el presidente de facto tiene que mantener bajo vigilancia al hombre que es, en teoría por lo menos, su aliado principal en la lucha titánica por defender el poder que supo construir sobre la base de aquel escuálido 22 por ciento del voto popular que consiguió en el 2003.

 

Kirchner sabe mejor que nadie que el ex vicepresidente, actual gobernador bonaerense y candidato trucho a diputado Daniel Scioli está esperando el momento para abandonarlo a su suerte, a “traicionarlo”.

 

Lo ha sabido desde el día en que se resignó a tenerlo como compañero de fórmula. A esta altura también se habrá dado cuenta de que Scioli se las arreglará para aprovechar en beneficio propio los resultados de las elecciones legislativas del 28 de junio, atribuyéndose un eventual triunfo o dando a entender que el santacruceño fue el único responsable de la derrota si los votantes le son tan esquivos como prevén ciertas encuestas desagradables según las cuales los llamados “disidentes” peronistas, Francisco de Narváez y Felipe Solá, y hasta los progres molestos de la UCR y la Coalición Cívica, podrían superarlo.

 

Siempre y cuando Scioli se maneje con su soltura habitual, virtualmente cualquier desenlace le vendría bien. En cambio, a Kirchner le sería difícil sacar mucho jugo incluso de una sorprendente victoria arrolladora.

 

En el 2003, Kirchner no tuvo más opción que la de permitir que Scioli lo acompañara en la fórmula que fue ideada por Eduardo Duhalde a fin de cerrarle el paso al insoportable Carlos Menem.

 

Felizmente para los santacruceños, es imposible estimar cuántos votos aportó Scioli en aquella oportunidad, pero es legítimo aventurar que sin ellos Kirchner hubiera perdido.

 

Sea como fuere, una vez elegido, con la ayuda de su mujer el caudillo en ciernes trató enseguida de librarse de él, ninguneándolo, insultándolo, privándolo de parcelitas de poder, dejándole saber que era un intruso que debería irse a otra parte.

 

La ofensiva no funcionó. A diferencia de su sucesor Cobos, que al rebelarse contra la mezquindad kirchneriana se trasladó al campo opositor, Scioli reaccionó sonriendo amablemente, bajando el perfil y poniéndose a aguardar hasta que los Kirchner entendieran que, al igual que en las elecciones del 2003, necesitaban contar con un presunto aliado de imagen balsámica que, sin esforzarse demasiado, podría ganar la gobernación de una provincia tan fundamental como la de Buenos Aires.

 

Pero no sólo es cuestión de la diferencia enorme que se da entre el estilo emoliente de Scioli y el patentado por los K. Por mucho que el ex motonauta jure sentirse plenamente consustanciado con “el modelo nacional y popular” que Néstor y Cristina dicen estar impulsando, es por su formación un conservador moderado de instintos que en otras circunstancias sus jefes formales no vacilarían en descalificar como “neoliberales”.

 

Huelga decir que la ambigüedad así supuesta no lo ha perjudicado. Por el contrario, constituye una parte muy importante de su capital político.

Merced a ella, Scioli podría vincularse con facilidad pasmosa con los “disidentes” peronistas de la provincia que gobierna, con Reutemann, con los porteños de Mauricio Macri e incluso, si bien le sería un poco más difícil, con la gente de la Coalición Cívica.

 

Nadie le pide definiciones ideológicas porque se supone que no le interesan tales abstracciones. Se da por descontado que es un pragmático, un hombre del centro que se siente cómodo entre los empresarios tanto nativos como extranjeros, que puede charlar con Cobos sin tratar de golpearlo y que seguirá flotando de un lugar a otro según soplen los vientos. En un país tan veleidoso como la Argentina, la capacidad de Scioli para adaptarse a nuevas circunstancias le ha permitido capear tormentas que hubieran hundido a políticos de imagen menos borrosa.

 

Entre otras cosas, el prólogo exasperante de la campaña electoral ha servido para llamar la atención de casi todos, la extrema debilidad de los Kirchner.

 

El mero hecho de que, una vez más, hayan tenido que convocar a Scioli para salvarlos de una humillación, fue de por sí más que suficiente como para subrayarla.

 

Por lo demás, al inventar lo de los candidatos testimoniales, Néstor confesó tácitamente que sin la ayuda del gobernador y de un batallón nada entusiasta de intendentes bonaerenses no tendría posibilidad alguna de salir airoso de la prueba que, con temeridad, decidió enfrentar en un esfuerzo desesperado por impedir que después de las elecciones su mujer quedara a la merced de un Congreso dominado por opositores y que él mismo terminara despojado de la jefatura de la parte principal del aparato peronista.

 

Puede que últimamente Néstor haya entendido que fue una mala idea convertir las elecciones legislativas en un plebiscito sobre su propia persona –en este drama, el papel de Cristina es meramente decorativo–, pero a menos que nos tenga preparada otra sorpresa mayúscula, ya le es tarde para barajar y dar de nuevo.

 

Pues bien: ¿qué hará Scioli el 29 de junio? Lo más probable es que comience a alejarse, con cortesía y sin estridencia, de los patagónicos.

¿Y qué harán estos? Con toda seguridad protestarán con amargura, acusándolo, en público o en privado, de haberlos traicionado, y tratarán de usar lo que les haya quedado del poder, sobre todo el provisto por la caja, para castigarlo por el pecado de creerse capaz de valerse por sí mismo.

 

Pero para entonces Scioli ya estará en otra cosa: confiado en que por fin el tiempo se haya puesto a su lado, podrá dejarlos rabiar a sabiendas de que le conviene que la gente siga comparando su forma tranquila de actuar con la conducta rutinariamente iracunda de Néstor y Cristina.

 

A su modo, Scioli se asemeja a un retiario, o sea, al luchador romano que, con una red y tridente, combatía con un gladiador armado de una espada filosa.

 

Con tal que no cayera víctima de una estocada inesperadamente feroz –y los Kirchner son especialistas en asestarlas–, podía aguardar hasta que su contrincante se cansara para entonces atraparlo en su red y darle el golpe de gracia con el tridente.

 

Mientras que los gladiadores típicos se caracterizaban por su brutalidad, los retiarios tenían que ser más sutiles y más pacientes, puesto que, de chocar frontalmente con su rival, llevarían la peor parte.

 

Desde aquel mayo del 2003, Scioli ha procurado no enojar a la pareja de santacruceños atrabiliarios con los que un destino caprichoso lo ha obligado a convivir, pero no puede sino entender que pronto le llegará la hora de cobrar por los años de maltrato que ha soportado con aquel estoicismo un tanto burlón que es una de sus características más notables.

 

Puede que Néstor Kirchner y su esposa sólo hayan querido asustar a la gente hablando del caos en que caerá el país si el Congreso se llena de senadores y diputados contrarios a su sacrosanto “proyecto” particular, pero sus advertencias en tal sentido distan de ser tan absurdas como dicen los voceros opositores.

 

Aquí, los intervalos entre el derrumbe de un “proyecto” caudillista y la consolidación del siguiente siempre han sido turbulentos, razón por la que al aproximarse las elecciones, un clima de incertidumbre paralizante se ha difundido por el país.

 

¿Resultará ser más fuerte la voluntad mayoritaria de obligar a los Kirchner a comportarse de manera menos arrogante y caprichosa o, si se niegan a hacerlo, de verlos “destituidos”, que el temor a otro período signado por el desorden, o sea, por la “ingobernabilidad”?

 

En el caso de que sea positiva la respuesta a esta pregunta clave, después del 28 de junio comenzará una fase en que el país querrá encolumnarse detrás de quienes parecen estar en condiciones de brindarle la mezcla de firmeza y moderación que claramente anhela, de ahí el atractivo de las imágenes de dirigentes como Cobos, Reutemann y, desde luego, Scioli.

 

Cuando el gobierno del presidente Fernando de la Rúa hacía agua, cobró cierta importancia una “liga de gobernadores” que se ofreció para garantizar un mínimo de estabilidad.

 

Tal y como están las cosas, parece más que probable que a partir del 29 de junio el Gobierno nacional –el que de no lograr el Frente para la Victoria un triunfo épico, saldrá herido de la contienda–, dependa de la colaboración de quienes hasta ahora ha tratado como vasallos. De ser así, los gobernadores provinciales disfrutarán de otro momento de protagonismo, lo que brindaría al más poderoso de todos, el bonaerense Scioli, una buena oportunidad para intentar convencer a la ciudadanía de que es el hombre indicado para suceder a Cristina, alternativa esta que no agradaría en absoluto ni a ella ni a Néstor, pero que dadas las circunstancias podrían considerar la menos mala disponible.

 

    (*) Periodista y analista político, ex director de “The Buenos Aires Herald”.

 

Comentarios

Su análisis es muy sensato y acorde a esta triste realidad argentina que supimos heredar tras la desgraciada aparición del justicialismo que sólo aportó desventuras a nuestra patria. Su pronóstico deductivo quizá se concrete lo que supondría tener que esperar no menos de diez años más para vislumbrar algo que pinte a bueno. Desgraciadamente por mi edad ya no me quedan esperanzas para poder disfrutarlo si esto se diera.

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